Las edades de la vida. Marina Estacio

LAS EDADES DE LA VIDA

Esta mañana fui a la Tesorería de la Seguridad Social a hacer unos trámites. Sí, sé que este comienzo te puede estar echando para atrás, pero te sugiero que sigas leyendo, nada tiene que ver con un artículo de las cuotas de autónomos. Créeme.

“Turno 011”.

“¡Uhh! ¡El mío!”.

Me he sentado en la silla y no he podido remediar dibujar una pequeña sonrisa en mi cara al ver que quien me iba a atender era la misma mujer encantadora de la última vez. He sacado mi DNI cuando de pronto he escuchado “Que disfrute usted de su jubilación”. No he podido evitar mirar. En la mesa de mi izquierda, un hombre de camiseta amarilla, con una cara de buena gente de esas que no se pueden (ni se deben) ocultar, acababa de firmar el papel que decía que dejaba de ser un trabajador, para pasar a ser un jubilado. Que su vida laboral había concluido y que una nueva etapa había llegado.

El hombre ha sonreído a la mujer y ha contestado “Pues sí, después de cuarenta y dos años trabajando muy duro, creo que me lo merezco. En mi época empezábamos a trabajar muy jóvenes”. Él sonreía, ella sonreía al escucharle y yo estaba con una sonrisa de oreja a oreja observándoles. Vamos, que esa Tesorería no había tenido tan buena energía en mucho tiempo.

De pronto me he topado con este tipo de situaciones que te sacuden y que te hacen pensar. Cuarenta y dos años trabajando, más años de los que yo tengo, luchando por salir adelante. Y de pronto… esa vida que conocías, esas rutinas, esas tareas que desempeñabas, se esfuman. Y ante ti, el abismo…

Un abismo que para algunos se convierte en una época maravillosa porque son capaces de disfrutar, de vivir la vida, de hacer cosas que quizá no hayan podido hacer en otro momento por falta de tiempo, de recursos, por exceso de excusas, no lo sé. Y un abismo que para otros se traduce en una caída al vacío. Una caída por no saber qué hacer con su vida, por sentirse perdidos, “inútiles”, por darse cuenta de que no saben hacer otra cosa que no sea trabajar. Cuando no se dan cuenta de que quizá se encuentren ante el momento en el que más útiles pueden ser, pero para ellos mismos. 

Me he topado de lleno con la famosa frase “la vida pasa volando”. Sí, así es. Mis semanas vuelan, lo que a veces reconozco me asusta un poco. Tengo 33 años y la verdad no sé si el día de mañana los de mi generación podremos acceder a una pensión o no. Yo prefiero prepararme y pensar que “papá Estado” va a mirar para otro lado y oye, si al final me dan un aguinaldo, pues mira tú qué bien. Pero hasta que llegue ese momento, quiero luchar como una jabata por mis sueños, quiero tropezarme (tampoco demasiado, para ser sinceros… pero sí­ lo suficiente como para aprender mucho, para valorar lo bueno y porque, ¡qué narices! ¡¡es ley de vida!!). Quiero exprimir cada día, quiero que me sucedan cosas, quiero aprender de otros, irme a la cama cada noche con un nuevo aprendizaje en mi cabeza, quiero llevar una vida (personal y profesional) que sea la antítesis de la rutina, quiero aportar mi granito de arena a este mundo. No quiero dejar de sentir pasión por lo que hago, jamás. El día que ocurra… a otra cosa mariposa.

Quiero ir a firmar mi papel de jubilación y sonreír (no sé si al otro lado habrá un/a funcionario/a o a un robot) como el hombre que he visto hoy. Quiero tener esa sensación que a uno le invade cuando una etapa apasionante está por venir. Quiero echar la vista atrás y decir “Joder Marina, no podías haberlo hecho mejor”. Y no hablo de éxitos, hablo de hacer lo que uno dentro de sus entrañas siente que tiene que hacer. De ser fiel y coherente con lo que uno es, quiere ser y siente.

Mientras llega ese momento, que desde luego no tengo ninguna prisa, al revés, voy a seguir trabajando, luchando por lo que quiero, sintiéndome feliz de hacer lo que me gusta. Porque sí, a mí me encanta trabajar.

¡A disfrutar de las distintas etapas de la vida!

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